24 de febrero: el tiempo de los mambises

Maryla Anna Pérez Bernal, magistrada del Tribunal Supremo Popular
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24 febrero de 1895 reinicio de las luchas libertarias de Cuba

Amanecía. Los campos orientales renovaron su reciedumbre: volvió a estallar la manigua redentora.
Aquel domingo luminoso del 24 de febrero de 1895 se juntaron los frutos de la batalla infatigable de Martí, la bravura de los buenos cubanos, los sueños aplazados y las esperanzas de una patria que, por fin, pudiera llamarse propia. En Baire, Manzanillo, Guantánamo, silbaron los anhelos de justicia con el resonar del grito de ¡Independencia o Muerte! 
Se había recompuesto lo fracturado y sumado a todos los que pudieran contribuir a la causa; andaban desvestidos los extravíos de las iniciativas anexionistas. Iniciaba la Guerra Necesaria y, con ella, se seguía tejiendo la fibra de lo que quizás algunos de aquellos patriotas esperanzados no alcanzaron a imaginar: el rumbo irreversible de la historia de este gran país. 
Cuando un cubano -o una cubana-  mira a través del tiempo, encuentra una simiente poderosa en la que se sembró ese día de febrero. Aquel fue un grito de independencia, sí, pero también, y sobre todo, el grito de justicia que había anunciado Martí congregando una savia en la que regresaban, vivos, Céspedes y Agramonte. Fue la sagrada oportunidad para luchar y ser digno, ese templo abierto con la alfombra al entrar, donde podían dejar en ella las sandalias los que anduvieron por el fango o se equivocaron de camino, como dijo el Apóstol. Se supo, desde entonces, que la independencia de Cuba no era un fin en sí mismo, sino el camino ancho por donde habría de andar la dignidad del hombre, la emancipación de la América amenazada por el delirio imperial y el equilibrio del mundo.
Fue la gesta de la profunda eticidad y el sacrificio amable de los mambises, que luego trascenderían a las esencias de las luchas contra los males de la república neocolonial corrupta y vergonzosa de los que pudo liberarnos el genio político de quien mejor supo extraer las lecciones de aquellas guerras: Fidel.
Esta mañana del 24 de febrero, 131 años después, la lucha sigue, aunque sean otras las trincheras y la casaca del imperio en decadencia que pretende aplastar la cubanísima determinación de ser consecuentes con ese legado de vergüenza; pero aprendimos bien lo que significa que no haya camino decoroso sin independencia y que la herencia martiana y fidelista no sepa de rendición. Los sueños postergados de los próceres del '95 son, ahora, una realidad conquistada a un altísimo costo, por lo que, mientras haya un solo patriota en pie, la manigua tendrá que seguir siendo redentora. 
¡Viva Cuba Libre!

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