Ismaray Hinojosa Pérez: La ternura de la justicia

Tribunal Supremo Popular
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Ismaray Hinojosa Pérez
Historia de vida de una madre y jueza cubana. Había una vez, en el oriente cubano, una niña que quería serlo todo. Quería ser deportista, para sentir el viento en el rostro mientras corría. Quería ser locutora, para que su voz viajara hasta el corazón de quien la escuchara. Quería ser bailarina, para que su cuerpo hablara donde las palabras no llegaban. Quería ser cantante, para ponerle melodía a la alegría. Su madre era radialista, y ella creció entre micrófonos, cabinas de grabación y artistas que llenaban el aire de magia. El arte era su patio, su escuela, su primera idea del mundo. Y durante mucho tiempo, Ismaray creyó que su vida estaría hecha de telón y escenario. Pero el universo —y ella misma— tenían otros planes. A los dieciocho años, una certeza silenciosa se instaló en su pecho: no sería artista, sería abogada. Y nunca, ni en sus sueños más profundos, imaginó que terminaría sentada en un estrado, vestida de toga, con la mirada puesta en la balanza de la justicia. Sin embargo, el amor por lo justo —esa brújula interna que le enseñó su madre— fue tejiendo un destino distinto. Veinte años después, Ismaray Hinojosa Pérez es presidenta del Tribunal Provincial Popular de Artemisa. Y no cambia su lugar por ninguno. "Nunca me vi siendo jueza, hasta que aprendí lo hermosa y necesaria que es esta profesión." En su familia, Ismaray fue la primera en incursionar en el mundo del Derecho. Pero fue en su mamá donde encontró el verdadero norte. No un norte de leyes y artículos, sino de principios: ser firme sin perder la humildad. Tener los pies sobre la tierra, aunque la vida intente elevarte en un pedestal. Ser fiel a la esencia, a las raíces, a la idiosincrasia que la parió. Defender siempre lo justo, desde la pequeña ofensa cotidiana hasta la causa más grande. Esa mujer radialista, hecha de voz y temple, fue su primera jueza. Y también, de algún modo, su modelo de magistratura silenciosa: la que se ejerce desde el ejemplo. Oriental de corazón y orgullo, Ismaray comenzó su carrera judicial en Guantánamo. Allí tuvo maestras inolvidables: juezas como Rosaida y Deysy, secretarias como Mayra, Elizabeth y Virgen. Mujeres que le mostraron que la justicia se escribe en mayúsculas, pero se construye con oficio, paciencia y ternura. El primer día, sin embargo, sintió que no encajaba. El entorno judicial, con su solemnidad y sus códigos, le pareció ajeno. Enamorarse de la justicia fue, para ella, un proceso lento y sincero. Por eso hoy le gusta tanto trabajar con los jóvenes: para mostrarles que sí, que hay sacrificios, pero que cuando hay vocación de servir, cada día vale la pena. De Guantánamo fue promovida a Artemisa. Allí, ahora como presidenta del Tribunal Provincial, ha completado su carrera en todos los niveles de dirección. Pero antes, presidió el tribunal municipal más oriental de Cuba, en tierra de campesinos y mujeres rurales. Allí aprendió la grandeza de los sencillos, la sabiduría de quienes viven cerca de la tierra y del sudor. "Allí aprendí la grandeza de nuestro campesinado, de la mujer rural, de la gente más sencilla y llana", nos dice. Ser jueza y ser madre al mismo tiempo. Ismaray sabe que eso es, cada día, un desafío. Cuando decidió ser madre, trabajaba en un municipio distinto al suyo. Su hija —como tantos hijos de mujeres que lo dan todo— aprendió a caminar entre pasillos de tribunales, entre legajos y salas de audiencia. Hubo días, muchos días, en que Ismaray llegó tarde a casa. Cumpleaños, actos escolares, primeras palabras, primeras preguntas… algunas cosas se quedaron en el camino. Pero ella lo intentó. Y lo intenta. Y lo seguirá intentando. Su mayor premio no ha sido un ascenso ni un reconocimiento: ha sido ver que su hija, ya adolescente, comprende la utilidad de lo que hace su madre. Sabe que cuando Ismaray demora en llegar, no es porque la haya olvidado. Es porque está, junto a sus compañeros de labor, gestionando que las personas necesitadas de tutela judicial la obtengan. Y como viven lejos de la tierra natal, para su hija la familia judicial ha sido tan importante como la consanguínea. Esas mujeres del tribunal se convirtieron en sus "tías": las que le dan un repaso de matemáticas, las que le arreglan el pelo, las que le dan consejos, las que estuvieron en sus quince años. "Después de maternar, sin dudas, fui mejor jueza", nos dice. La maternidad le dio a Ismaray una nueva lente para mirar los conflictos: más empática, más humana. Y también más acuciante: proteger a los niños víctimas de violencia se volvió una urgencia sagrada. Hace poco, Ismaray expuso su tesis para optar por el grado de Máster en Derecho Constitucional y Administrativo. Frente a ella, un auditorio sapiente. Su tutora. Un tribunal exigente. Pero su mayor reto no estaba entre esas paredes académicas. Su mayor reto tenía sus ojos: su hija estaba allí, sentada, mirándola exponer. Y en esa mirada, Ismaray lo entendió todo: no solo defendía su tesis. Defendía un sueño para su hija. Un futuro donde ella también pueda pararse frente a un tribunal, si así lo desea, y exponer con la misma entereza. "Mi compromiso mayor era con ella." Ismaray no le enseña a su hija —desde la concepción de la madre-jueza— a ser mejor que nadie. Le enseña a creer en lo justo. Le enseña que alrededor de su trabajo hay mitos, demonizaciones, desconocimiento. Pero que ella, su madre, sale cada día a tratar de hacer lo correcto, en medio de las mismas dificultades que impone la realidad cubana. Su hija lo sabe, las vive. Sabe que ser hija de la jueza no conlleva privilegios. No la hace especial, ni intocable. Le enseña el cuidado con las redes sociales. Le recuerda que su mayor aspiración es simple y honda: que sea una buena persona. Y que, como Martí, eche siempre su suerte con los pobres de la tierra. Porque esa es su prédica. A las madres juezas que están empezando, Ismaray les dice que vale la pena. "Juntas y juntos podemos. Nunca estarán solas en el camino." Otras ya lo vivieron. Y la experiencia, dice ella, fortalece, ennoblece, prepara para la vida. Nos hace mejores seres humanos. Cuando le preguntamos qué frase le gustaría escuchar de su hija este Día de las Madres, Ismaray no duda. No pide grandes declaraciones ni poemas elaborados. Pide lo que toda madre anhela en lo más profundo: "Mamá, te amo." Y está segura de que su hija se lo dirá. Porque el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra la palabra justa.
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