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A sus 43 años en la judicatura, la magistrada Isabel Arredondo Suárez representa la historia viva de las mujeres que construyeron la Revolución desde los tribunales.
En el calendario de una jueza no hay días marcados en rojo. Hay expedientes, vistas y la certeza de que, en la última página del último legajo, puede esconderse la llave para impartir justicia. Así lo aprendió Isabel Arredondo Suárez, magistrada de la Sala de lo Civil, de lo Familiar y de lo Administrativo del Tribunal Supremo Popular, en un viaje de 43 años que comenzó, paradójicamente, sin que ella lo buscara.
Corría el año 1982. Una recién graduada era asignada centralizadamente al Ministerio de Justicia en un contexto donde el ingreso a la judicatura no siempre respondía a una vocación temprana, sino a la necesidad del país. "No fue una elección por vocación", confiesa Arredondo. Pero lo que parecía un destino impuesto se convirtió en un amor inconmensurable. "Apenas me vinculé al trabajo me enamoré de esa actividad fascinante, que te conquista de tal manera que después que entras no puedes salirte de ella", recuerda con la calidez de quien ha dedicado su vida a la balanza y la espada.
Su hoja de servicios es un recorrido por la geografía judicial cubana: desde el Tribunal Municipal Popular de La Habana Vieja, pasando por el Tribunal Provincial Popular de La Habana, hasta su promoción al Tribunal Supremo en el año 2000. Atrás quedaron aquellas jornadas de "radicación elevadísima", donde la juventud del colectivo se suplía con entrega. "No había divisiones del trabajo cuando se trataba de asumir las elevadas cargas. Éramos muy unidos y teníamos la idea clara de que el trabajo era cosa de todos", evoca.
En esa mirada al pasado, la magistrada no solo ve expedientes, sino también la evolución del Sistema. Con una reflexión generosa, destaca las mejores condiciones de los egresados actuales: "Hoy tienen garantías superiores, no solo económicas, sino desde el aseguramiento para su superación. Llegan mejor preparados gracias al vínculo con las universidades".
Entre los miles de casos que han desfilado ante sus ojos, hay uno que brilla con luz propia y que define su concepción de la justicia como hecho histórico y humano. Fue aquel, hace más de 25 años, cuando formó parte del tribunal que conoció de la demanda del pueblo de Cuba contra el gobierno de Estados Unidos por daños humanos. "Aquel proceso fue para mí como un encuentro con la historia", confiesa con la voz entrecortada por la emoción contenida. "Esa historia que hasta el momento había sido contada por padres y maestros, la vi contrastada con los documentos del gobierno estadounidense desclasificados. Demostraban la perpetración de acciones violentas contra nuestro pueblo". Pero lo que realmente selló su alma de jueza fue el testimonio vivo: "Fue muy impactante tener la presencia de personas que en lo particular habían sufrido en carne propia esas agresiones". Para Arredondo, ese caso no fue un litigio más; fue la constatación de que la justicia, cuando es auténtica, tiene rostro humano.
Detrás de la toga, hay una mujer que hilvana rutinas imposibles. "Enfrentar patrones de trabajo de una radicación extensísima implicaba un esfuerzo personal elevado, a veces en detrimento de la atención a la familia", admite. Y en esa confesión, emerge la figura del clan familiar como pilar indispensable: "Sí sé que sin el apoyo de mi familia no hubiera sido posible. Cuando los hijos estaban pequeños, o en medio de enfermedades de padres y hermanos, había que hilvanarlo todo. A veces requería una fuerza que aparece no se sabe bien de dónde".
Su receta para tan larga travesía es simple en apariencia, pero profunda en esencia: el amor por una profesión de "puro altruismo". "Hacer justicia no tiene nada que ver con hacer un negocio exitoso. Eso deja una satisfacción personal y patrimonial, pero esto es algo distinto y mucho más importante", sentencia.
Define al buen juez como aquel que es, ante todo, "buena persona, honesto, con interés por los problemas de otros". Alguien que examina cada caso "como si fuera tuyo". Y revela su método, casi una obsesión profesional: "Yo acostumbraba a leerlo todo en cada expediente, porque pensaba que en la última página del último antecedente podía haber algún documento que lo cambiara todo".
De origen humilde y corazón sincero, Isabel Arredondo no endulza verdades ni usa adornos. Responde a las preguntas con el "corazón apretado", consciente de que sus 43 años son el espejo de una generación de mujeres que llegaron a los tribunales para quedarse, para transversalizar con su sensibilidad y rigor una profesión de la que durante siglos fueron desplazadas.
Su mensaje a los "nuevos retoños" es un legado de gratitud y compromiso: "Amen esta profesión tan importante. Estoy muy agradecida de muchos compañeros de tanto valor que estuvieron conmigo, desde el más grande hasta el más pequeño, y de las posibilidades de crecimiento que me dio el Sistema de Tribunales".
Agradecido está el Sistema de Tribunales, por contar con Isa, como se le conoce comúnmente entre sus compañeros, y otras muchas como ella.
#8DeMarzo