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Para la magistrada Odalys Quintero Silverio, ser jueza no fue un horizonte en sus inicios. Para ella la carga de impartir justicia entre sus pares le parecía un camino difícil de llevar. No obstante, por los caprichos del azar, a finales de los años 80 hubo un déficit de jueces en su provincia, le plantearon la necesidad y así ingresó en el Sistema de Tribunales.
A través de los años, cuenta, su percepción acerca del trabajo en los tribunales no ha cambiado tanto. Lo percibe como un trabajo muy duro, de gran responsabilidad y sin mucho margen al error, pues cada falla impacta en derechos fundamentales de las personas que se juzgan y de sus entornos, lo que obliga a superarse constantemente y resolver cada asunto como "el caso" definitivo que demandará toda la experticia y celo profesional para su resolución satisfactoria.
En su ética de trabajo, confiesa, afronta cada proceso como una prueba "particularmente desafiante", porque cada uno conlleva una actividad probatoria que debe ser segura, para evitar los errores, y porque en cada uno tiene que prevalecer la justicia aún cuando la decisión que la acompañe no siempre dialogue con el corazón. En ese afán, resume, mantener la imparcialidad y el equilibrio, es el desafío más grande de un juez o magistrado. Sin embargo, en medio de tantos avatares, resalta, su mayor impulso para seguir radica en el amor a la actividad que realiza y la conciencia de la importancia que tiene para la sociedad la administración de justicia.
A la hora de concebir a su prototipo del juez ideal no dudó en el primer requisito: ser buena persona, sin lugar a dudas, talento que debe acompañarse siempre de humanidad e imparcialidad. Por supuesto, aclara, siempre sobre la base de la responsabilidad y la preparación profesional. Reflexiona que muchos son los sacrificios que transversalizan la vida de un juez. El principal, compartir el tiempo entre los hijos, los padres ancianos y una labor con la que convives todos los días y a toda hora, no importa si estás de vacaciones o enferma, o cuidando a alguno de ellos que se encuentre enfermo. El apoyo de su familia, por supuesto, ha sido por tanto ese pilar, sin el cual considera, no hubiese podido primero como juez y luego como magistrada.
A quienes recién empiezan les recuerda que la judicatura es un sacerdocio que hay que honrar con ejemplo de conducta, con espíritu de superación y responsabilidad, sin olvidar lo que los distingue como seres humanos que juzgan, a su vez, el proceder de otros seres humanos, sin perder la empatía ni menoscabar el peso de la justicia. En su caso un sacerdocio con rostro de mujer que atiende con mínimo y detalle, uno que se repite en tantas que, a lo largo y ancho de la isla, asumen esa responsabilidad con la naturalidad de saber en este su aporte invaluable a la sociedad y la justicia.
A ellas, firmes en sus puestos cual trinchera, todo el reconocimiento, respeto y admiración en un día que debería ser todos. Recordatorio constante que mucho de la obra que nos trae hasta aquí tiene impregnada la gracia y sensibilidad infinita de una mujer, sin la cual resulta inconcebible hasta la vida.
#8DeMarzo